Un joven cristiano en Camboya está usando las mismas lecciones bíblicas que transformaron su vida para discipular a una nueva generación de niños y animarlos a seguir a Jesucristo.

Sann, cuyo nombre fue cambiado por razones de seguridad, conoció de cerca el dolor desde muy pequeño. Su infancia estuvo marcada por dificultades familiares, y su madre decidió enviarlo a vivir con un pastor en una iglesia local con la esperanza de protegerlo de un entorno inestable.

Allí encontró algo que no había conocido plenamente: estabilidad, cuidado, amor y una comunidad que comenzó a enseñarle acerca de Jesús.

Cuando tenía 8 años, Sann recibió una caja de regalos de Operation Christmas Child, el proyecto de Samaritan’s Purse liderado por Franklin Graham que distribuye obsequios a niños en distintas partes del mundo.

La caja le trajo alegría, pero lo que más marcó su vida no fueron solo los regalos. Junto con esa experiencia llegó una invitación para participar en The Greatest Journey, un curso de discipulado con 12 lecciones bíblicas diseñado para enseñar a los niños quién es Jesús, qué significa seguirlo y cómo compartir el Evangelio con otros.

Para Sann, aquel curso fue un punto de inflexión.

Según relató, al comenzar a asistir regularmente a las clases, su pasión por la Palabra de Dios creció. Lo que antes conocía de manera limitada empezó a encenderse en su corazón con más fuerza.

Sann tenía solo 10 años cuando terminó el curso de discipulado. Sin embargo, en lugar de quedarse únicamente con lo aprendido, comenzó a enseñar a otros.

Hoy tiene 21 años y ha dedicado más de una década a formar niños en la fe cristiana usando las mismas lecciones que un día cambiaron su propia vida.

Aunque nunca imaginó convertirse en maestro, ahora ve esa tarea como un privilegio y un llamado. Para él, enseñar a los niños no es simplemente transmitir información bíblica, sino ayudar a levantar una generación que conozca a Cristo, crezca en la fe y se anime a compartir el Evangelio.

“El discipulado cambió mi vida”, expresó. “No puedo dejar de enseñar, discipular y ayudar a estos niños a crecer en el Señor”.

La oración de Sann va más allá de su comunidad local. Su deseo es que los niños de Camboya se levanten como una nueva generación de discípulos de Jesús.

Inspirado por las palabras de Jesús en Lucas 10:2, donde se habla de una mies abundante y pocos obreros, Sann busca preparar a sus alumnos para que no solo reciban el Evangelio, sino que también se conviertan en obreros dispuestos a llevarlo a otros.

Para él, cada niño formado en la Palabra puede convertirse en alguien que impacte a su familia, sus amigos y su comunidad.

Sann también sabe, por experiencia propia, cuánto puede marcar la vida de un niño la presencia de un maestro fiel.

Recuerda con gratitud a Sok, la mujer que le enseñó desde pequeño y a quien llegó a llamar “mamá”, porque lo cuidó como si fuera su propio hijo.

Ese ejemplo lo marcó profundamente. Por eso, hoy no solo enseña, sino que también busca acompañar, animar y levantar líderes entre sus propios estudiantes.

Uno de esos casos es Dara, una alumna de 13 años a quien Sann invitó a ayudar en la clase. Ella afirma que, desde que participa en el curso, ha podido conocer más de Dios, afirmar su fe y ganar confianza para compartir el Evangelio con otras personas.

A pesar de su corta edad, Sann ve en ella una madurez espiritual especial y un deseo genuino de servir.

Seguir a Cristo no siempre es fácil para los niños que participan en estas clases. Sann sabe que muchos pueden enfrentar rechazo, presión familiar o críticas por asistir a la iglesia y hablar de Jesús.

Por eso, parte de su tarea es prepararlos para mantenerse firmes. Les enseña no solo a conocer la Biblia, sino también a ser valientes para compartir su fe aun cuando otros no la entiendan.

Uno de sus estudiantes, Chea, explicó que antes sabía que Jesús era el Salvador del mundo, pero que a través de las lecciones aprendió a ser más valiente para hablar de Él.

Sann sabe que muchas personas que preparan cajas de regalo para niños probablemente nunca conocerán personalmente a quienes las reciben. Pero desea que entiendan algo: ese gesto puede tener un impacto mucho mayor de lo que imaginan.

Una caja puede abrir una sonrisa, pero también puede abrir una puerta al discipulado, a la fe y a una vida transformada por Cristo.

En su caso, aquella caja fue el comienzo visible de un camino que lo llevó de ser un niño herido a convertirse en un joven discipulador.

Hoy, las mismas lecciones que lo formaron están pasando a otros niños, multiplicando una semilla de fe que sigue creciendo en Camboya.

Para Sann, ese es el verdadero fruto: ver a niños conocer a Jesús, crecer en la Palabra y prepararse para llevar esperanza a otros.*Los nombres de los niños fueron cambiados por seguridad

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