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En el libro 30 días a sus pies por mi matrimonio, Donald y Silvia Franz señalan que «muchos de nuestros conflictos en el matrimonio se originan simplemente por la falta de dominio propio, que nos lleva a decir y hacer cosas precipitadamente, que luego lamentaremos».

La manera en que hablamos, respondemos y expresamos nuestras emociones puede acercarnos o alejarnos de las personas que más amamos.

Todos experimentamos enojo, frustración o tristeza. Sin embargo, el problema aparece cuando permitimos que esas emociones gobiernen nuestras palabras.

Los autores afirman que «no podemos permitir que nuestras emociones nos dominen» y advierten que muchas personas justifican sus reacciones apelando a su personalidad. Frases como «yo soy así» o «cuando me enojo exploto» suelen utilizarse para evitar asumir responsabilidad sobre aquello que se dice.

La Biblia enseña algo diferente. Santiago 1:19 exhorta a estar «listos para escuchar, pero no apresurarse para hablar ni para enojarse». La madurez espiritual no consiste en negar las emociones, sino en aprender a administrarlas de manera saludable.

«La lengua es el órgano de nuestro cuerpo más usado por el diablo para destruirnos».

Existe una diferencia enorme entre decir la verdad y utilizar la verdad como un arma.

Donald y Silvia Franz recuerdan la importancia de «vivir la verdad en amor» (Efesios 4:15), explicando que hacerlo busca construir al otro y no destruirlo.

Antes de expresar una crítica o una corrección, vale la pena preguntarse cuál es la verdadera motivación detrás de nuestras palabras. Los autores plantean una pregunta desafiante: «¿te mueve el deseo de venganza, vindicación o de humillar al otro?».

Muchas veces el objetivo de una discusión deja de ser resolver un problema y pasa a ser ganar una batalla. En ese momento la comunicación deja de edificar y comienza a lastimar.

Uno de los conceptos más fuertes del capítulo es la idea de que nuestras declaraciones tienen consecuencias espirituales y emocionales.

En una cultura donde muchas veces se habla sin pensar, las Escrituras nos recuerdan que nuestras palabras nunca son neutrales. Pueden sanar o herir. Pueden bendecir o maldecir. Pueden abrir puertas o cerrarlas.

Aunque solemos enfocarnos en controlar lo que decimos, Jesús enseñó que la raíz del problema es más profunda.

Los autores citan las palabras de Cristo: «… de lo que abunda en el corazón habla la boca» (Lucas 6:45).

Por eso explican que «si quiero mejorar mi lengua, debo sanar mi corazón». Un corazón herido, orgulloso o lleno de resentimiento inevitablemente terminará manifestándose a través de las palabras.

Muchas veces intentamos corregir nuestros dichos sin permitir que Dios trate aquello que ocurre en nuestro interior. Sin embargo, la transformación verdadera comienza cuando el Señor sana las heridas que alimentan nuestras reacciones.

Frente a una cultura marcada por la crítica, el desprecio y la agresión verbal, el desafío para los creyentes es diferente.

Donald y Silvia Franz nos invitan a utilizar la boca para bendecir. Incluso propone declaraciones de vida para el cónyuge y la familia, recordando que nuestras palabras pueden convertirse en instrumentos de gracia.

Quizás por eso una de las frases más poderosas del texto afirma que «el amor encuentra un camino siempre».

Cuando las conversaciones están guiadas por el respeto, la humildad y el amor de Cristo, aun los desacuerdos más difíciles pueden transformarse en oportunidades para crecer.

La lengua puede ser uno de los mayores instrumentos de destrucción o una de las herramientas más poderosas para traer vida.

Donald y Silvia Franz resumen esta verdad al afirmar que

En tiempos donde abundan las palabras rápidas y las respuestas impulsivas, el llamado de Dios sigue siendo el mismo: hablar menos desde la emoción y más desde el amor. Porque las palabras que pronunciamos hoy pueden definir el rumbo de nuestras relaciones mañana.

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