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En Génesis 2:18, Dios dice que no es bueno que el hombre esté «solo». Esta afirmación tiene más que ver con el diseño de Dios para la humanidad que con la necesidad de Adán. Fuimos creados con una necesidad vertical de la compañía de Dios, pero también con la compañía horizontal de otras personas.
Somos seres gregarios, con la iniciativa de estar en contacto con los demás. Sin embargo, el terreno de las relaciones interpersonales dista mucho de ser ideal. De alguna manera, todas las relaciones son difíciles, son menos que perfectas. Hay que trabajar para que prosperen, manifiestan nuestra condición espiritual y nos impulsan a seguir madurando emocionalmente.
Justo después de la euforia de Génesis 2, llega Génesis 3, donde la entrada del pecado trae frustración y confusión a las relaciones.
En Génesis 3, el hombre y la mujer se enredan en acusaciones y calumnias. Génesis 4 empeora aún más, con un hombre que asesina a su propio hermano. Aunque muchos de nosotros no hemos cometido un asesinato, seguimos viviendo inmersos entre la acusación y la culpa.
Lastimamos a las personas con palabras cargadas de muerte y condena. Nuestra lucha con el pecado se revela constantemente en ellas.
Vamos a revisar algunos puntos centrales para pensar las relaciones interpersonales desde una perspectiva bíblica y espiritual y, al mismo tiempo, ir desarticulando algunos conceptos erróneos que favorecen que las malentendamos y estemos bloqueados para crecer en ellas y disfrutarlas.
Aun la familia no es un fin en sí misma.
Porque estáticos y felices salimos en las fotos. Todo lo demás en un hogar es movimiento, crecimiento y desarrollo. Por lo tanto, la familia es una plataforma de despegue.
Las relaciones y los vínculos, aun los más profundos, se sostienen, pero no pueden ser el techo que impida que la voluntad de Dios se haga concreta y real. La relación primaria que Adán y Eva debían disfrutar era su relación con Dios. Esta comunión vertical con Dios sentaría las bases de la comunión horizontal que debían mantener entre sí.
Toda la creación debía funcionar como una flecha apuntando hacia Dios. Pero en nuestro pecado tendemos a dar más importancia a las personas y a la creación.
Las mismas cosas que Dios creó para revelar Su gloria se convierten, en cambio, en la gloria que deseamos. La ironía es que cuando invertimos el orden y elevamos la creación por encima del Creador, destruimos las relaciones que Dios pretendía y que nos habría permitido disfrutar.
Si lees una publicidad que diga: “Compra el manual que te enseña a evitar las crisis y los conflictos en tus relaciones”, desde ya te decimos: ¡no lo compres!
¿Por qué? Porque es una mentira. Todas las relaciones tienen conflictos y todas entran en crisis. Las personas esperan que las técnicas o estrategias de resolución de conflictos marquen la diferencia.
Estas pueden ser valiosas, pero si fueran todo lo que necesitamos, la vida, muerte y resurrección de Jesús serían innecesarias o redundantes.Todo esto ayuda, pero no evita lo que es ineludible: las relaciones duelen y requieren de tu amor, tiempo, enfoque, negación a vos mismo, clamor y, sobre todo, el fruto del Espíritu Santo.
Cristo es la única esperanza real para las relaciones, porque solo Él puede profundizar lo suficiente como para abordar las motivaciones de nuestros corazones.
En algún punto, cada uno de nosotros se sentirá desanimado y decepcionado con una relación.La salud y la madurez de una relación no se miden por la ausencia de problemas, sino por la forma en que se manejan los problemas inevitables.
De hecho, la fortaleza de una relación se puede medir después de una crisis. La crisis es esa oportunidad para que, o bien la relación se fortalezca, o bien ese período frágil donde una relación se rompe.
Una buena relación implica identificar honestamente los patrones de pecado que tienden a perturbarla. También implica ser humilde y estar dispuesto a protegerte a ti mismo y a la otra persona de estos patrones de pecado.
¿Culpas, niegas, huyes, evitas, amenazas o manipulas? ¿O dices la verdad, muestras paciencia, pides perdón y lo concedes, pasas por alto las ofensas y honras a los demás?
¿Te has preguntado alguna vez por qué Dios no mejora tus relaciones de la noche a la mañana? A menudo pensamos que si Dios realmente se preocupara por nosotros, haría nuestras relaciones más fáciles.
Pero lo que ocurre en el desorden de las relaciones es que nuestros corazones se muestran y nuestras debilidades quedan al descubierto. Solo cuando esto sucede buscamos la ayuda que únicamente Dios puede proporcionarnos.
Las personas débiles y necesitadas que encuentran su esperanza en la Gracia de Cristo llegan a ser la marca de una relación madura. El aspecto más peligroso de tus relaciones no es tu debilidad, sino tus ilusiones de fortaleza, tus rigideces y tu orgullo.
La autosuficiencia es casi siempre un componente de una mala relación. ¿Qué relaciones son más significativas para ti? Lo más probable es que sean aquellas en las que has tenido que superar dificultades.
“En aquellos días, cuando no había rey en Israel, hubo un levita que moraba como forastero en la parte más remota del monte de Efraín, el cual tomó para sí una concubina de Belén de Judá. Pero su concubina le fue infiel y se apartó de él, y se fue a casa de su padre a Belén de Judá, y estuvo allá durante cuatro meses. Y se levantó su marido, y fue tras ella para hablarle amorosamente y hacerla volver.”
Esta es la historia de una mujer sin nombre, sin posición y sin amor.
Y de un levita que, según el hebreo indica, “vivía como extranjero”. No solo estaba fuera de su ciudad, sino fuera de sí mismo. Era descendiente de una tribu consagrada al servicio de Dios, pero vivía en la periferia de su propósito.
Así comienzan muchas historias de abuso y vacío: cuando un corazón se muda del lugar donde fue llamado a servir. Cuando se aleja del propósito por las distracciones de la vida.
El levita tenía posición, pero no propósito. Tomó para sí una concubina, no una esposa; es decir, una mujer sin pacto. Ella era compañía sin consagración, placer sin propósito. Hoy sería unión libre.
El levita no buscó una ayuda idónea, sino una presencia que llenara su soledad.
Así comenzó una relación disfuncional. Él tomaba, ella entregaba. Él exigía, ella cedía. Él poseía, pero no amaba. Dice el relato que la mujer fue infiel y se apartó de él. En el texto hebreo no implica adulterio. Más bien da a entender otra acción: “alejarse, separarse interiormente”.
Cuando hay huida, generalmente es por dolor.
Muchas personas se alejan porque no soportan la dureza y la injusticia con la que son tratadas. Se van apagando, van perdiendo brillo en relaciones que se desgastan y generan un ambiente de desorden y confusión.
«Y estuvo allá durante cuatro meses.»
Esto representa estancamiento, pausa sin transformación. Esa agonía de las decisiones que no se toman. Cada día que pasa es una huella de abandono y desinterés.
Aunque quizás del otro lado haya duda, temor o vergüenza. Pero como no hay palabras, tampoco hay avance ni entendimiento. El silencio no sana la herida; solo la congela.
Cuatro meses de ausencia. Cuatro meses de orgullo.
Luego de ese tiempo, se levanta el levita y fue tras ella para hablarle.
Pareciera que es un gesto de ternura, pero el hebreo revela otra intención. Incluso otra versión en español habla de “convencer”, lo cual es una expresión que denota manipulación emocional.
Detrás de la manipulación no hay amor: hay orgullo herido. No hay intención de entrega, hay intención de demanda. No hay intención de reparar el vínculo; sí hay intención de reparar la apariencia.
Así actúan muchas relaciones rotas: vuelven con palabras dulces, pero no con corazones nuevos. Esta mujer vivió en una casa sin pacto, con un hombre sin raíz y un amor sin dirección.
Y su historia no termina con reconciliación.
Hay muchas casas sin Dios. Hogares donde el amor manda sin pacto. Vínculos donde se toma sin honrar. Historias donde se posee sin amar.
El desafío es verlo, asumir el orgullo, reconocer la ceguera y superar la obsesión por “tener razón”.
Es escoger el amor verdadero, ese amor que solo proviene de Dios. Dios no sana lo que escondes. Dios sana lo que reconoces, lo que lloras y lo que entregas.
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